Jesús Neira: El nervio del Estado
Otra vez como en sueños mi corazón se empaña de haber vivido...
Leopoldo Panero
-«Jesús, dime"
-«No soy Jesús, Javier... soy Isabel... Jesús ha sufrido un derrame cerebral esta mañana y ha ingresado en estado de coma en el Hospital... ahora estamos en el Puerta de Hierro esperando que nos informen de algo.....».
- «¡No me digas eso, por favor Isabel...pobre Jesús....qué pena más grande....!».
- «Si haces el favor Javier, mira si puedes ir avisando a los amigos».
- «No te preocupes de nada, Isabel. Ahora mismo estoy allí. No tardo ni quince minutos. Un beso».
Eran las once de la mañana del día 6 de agosto cuando recibí esta llamada. A ti, Jesús, te había entrado un extraño sueño y has permanecido dormido desde entonces. Como te conozco, sé que nada de esto ha sido voluntario. Tu no despertar ha sido la consecuencia final de una terrible paliza y de una mala asistencia médica. Una injusta realidad y, al mismo tiempo, una imperdonable negligencia de los servicios públicos sanitarios de la Comunidad de Madrid.
Son muchas las personas que durante tu enfermedad me han preguntado ¿Cómo es Jesús? ¿Cómo es una persona que interviene en algo que, en principio, no va con él? ¿Por qué Jesús no volvió la mirada? ¿Actuaría otra vez de la misma manera? Mi respuesta siempre ha sido la misma: «Jesús nunca volvía la mirada». Jesús no volvió la mirada cuando en la Universidad Complutense criticó la forma de convocatoria y resolución de los concursos a las plazas docentes y, como castigo, recibió la supresión de su plaza de Titular Interino, único caso en la historia de tan prestigiosa institución educativa. Jesús no volvió la mirada cuando, en el famoso caso Sogecable, acudió a la Audiencia Nacional y al Tribunal Supremo como testigo leal, para decir la verdad, una declaración que no gustó a muchos, pero que a él le dejó con la conciencia más que tranquila y con todas sus amistades intactas. Jesús tampoco volvía la mirada cuando criticaba públicamente los defectos de nuestra Constitución, su falta de división de poderes, el déficit democrático de nuestro sistema y la necesidad de reformas profundas en nuestro régimen político. Jesús nunca apartaba la mirada ante una injusticia, un abuso de poder o una ilegalidad. Y el pasado 2 de agosto en el Hotel Majadahonda, él no pasó de largo, no volvió la mirada: impidió que un agresor golpeara brutalmente a una mujer. Así de sencillo. Así de extraordinario. Jesús siempre repetía una reflexión que se me quedó grabada en la memoria: «Javier, cuando se toca el nervio del Estado, éste se revuelve con una fiereza que no tiene competidor posible». Durante los primeros días de tu enfermedad, estuve obsesionado con tus palabras. ¿Dónde encontraría yo el nervio del Estado para que se te hiciera Justicia? ¿Cómo acertar en el centro mismo de esa misteriosa diana? No podía errar en tu defensa y por eso centré mis ojos en la opinión pública y actué, desde el señorío de tu corazón, apuntando en esa dirección. He de confesarte que, como tú decías, el nervio del Estado se conmovió. Al igual que Don Quijote con el que tanto se te ha comparado en las últimas fechas, has agrupado en torno a tu lecho de enfermedad a decenas de miles de personas gracias a los medios de comunicación. Algunas de ellas te han llegado a repetir, mientras dormías, como Sancho le dijo al caballero imaginario de La Mancha: «No se muera vuestra merced, profesor Neira, sino tome mi consejo y viva muchos años... Miré no sea perezoso, sino levántese de esa cama y vámonos a la ciudad a empañarnos de vida... a seguir peleando contra las injusticias y sus cucarachas...».
Ellos no saben que, para nosotros, Don Quijote no es un mito político presentable. Ni tu causa es una bendita locura, ni tú nunca has perdido la razón (más bien todo lo contrario) y jamás te has arrepentido de todo lo por ti vivido y combatido. Tú eres un caballero real, no imaginario. Temido por los poderosos y sus lacayos. Amado finalmente por el pueblo. Y has ganado batallas después de derribado. Por todo ello, yo te siento más como un Cid eterno que como una caricatura heroica de los caballeros andantes inexistentes del siglo XXI.
Es un honor cabalgar junto a ti, Jesús. Sabes que te admiro y he aprendido de todo lo por ti luchado. Permanezco sensible a tu viento y ligero de tu mismo cielo.